La Regla Carmelita a la Luz se la Eclesiología del Concilio Vaticano II

La Regla Carmelita a la Luz se la Eclesiología del Concilio Vaticano II

La sencilla carta escrita por el Patriarca Alberto de Jerusalén a los eremitas del Monte Carmelo, conteniendo la «formula di vita» que después sería aprobada definitivamente como Regla de una Orden Mendicante por el papa Inocencio IV ( 1247), por su inspiración bíblica posee unos valores y riqueza aún por descubrir, profundizar, actualizar, confrontar con las diversas experiencias y realidades de cada momento histórico. La Regla ha estado en la base de las grandes reformas de la Orden y, no podría ser de otro modo, es el fundamento seguro de la necesaria relectura del carisma que el Concilio Vaticano II ha pedido a la Vida Consagrada (cf. PC 2). A partir de las nuevas relecturas e interpretaciones de la Regla tenidas después del Vaticano II- bajo el aspecto histórico, jurídico, contextual, bíblico, cristológico, espiritual, simbólico, etc. – surge también una visión eclesiológica de su propuesta de vida que nos hace descubrir el aspecto esencial, madurado en la nueva reflexión conciliar: la Iglesia de comunión.

En el postconcilio se ha hablado mucho del cristocentrismo de la Regla del Carmelo. De hecho, la finalidad principal del proyecto de vida es «vivir en obsequio de Jesucristo» (RC 2). Esto se convierte en el fundamento de la experiencia personal y comunitaria de los carmelitas que, necesariamente, debe llevar a la dimensión eclesiológica, ya que la Iglesia es justamente «sacramento de Cristo», «Cuerpo de Cristo» (LG 1 e 7), continuación de su  misión (cf. Jn 20, 21). Entonces, hablar del cristocentrismo de la Regla es reconocer que esta debe ser también profundamente eclesiológica, ya que en la invitación al seguimiento de Cristo, del cual nació la Iglesia y del que depende totalmente (cf. SC 5), se traza también un camino para recorrer en comunidad para alcanzar tal ideal. Descuidar la dimensión eclesiológica de la Regla puede llevar a una experiencia carmelita individualista, cerrada, no verdaderamente cristiana. La experiencia concreta de la fraternidad,  sea en el interior de una comunidad religiosa o en la relación de esta con el Pueblo de Dios, es el signo y lugar donde se realiza el seguimiento de Cristo.

La reinterpretación del carisma, después del Vaticano II, ha llevado a la Orden del Carmelo a redescubrir con gran énfasis el valor de la fraternidad como parte esencial del proyecto de vida contenido en la Regla, tema que se convertirá en central en las discusiones postconciliares. La fraternidad , de hecho, será pensada de un modo amplio, en la perspectiva de una Orden Mendicante, ya sea en su dimensión  «ad intra» ya en la  «ad extra», en la relación con la Iglesia y con el mundo. Esto dará lugar a consecuencias prácticas, como el reto de «construir» verdadera comunidad, con mayor participación y corresponsabilidad en todos los ámbitos, también en el gobierno general de la Orden.

El aspecto de la fraternidad, como parte esencial del carisma, es el punto de referencia para comprender el proyecto común. Este aspecto se recoge en el movimiento que va de la experiencia contemplativa personal y fundamental de Dios al encuentro y al compartir la vida con los demás. En la estructura de la vida fraterna indicada en la Regla, podemos encontrar los mismos elementos presentes en la Iglesia primitiva y que se convierten en los pilares de la Iglesia de todos los tiempos: la escucha de la Palabra de Dios, tanto personal como comunitaria ( RC 7.10; Hech 2,42); la centralidad de la Eucaristía, que crea y establece la comunión (RC 14; Hech 2,42.46); la pobreza en la puesta en común de bienes (RC 12.13; Hech 2,42.44; 4,32.34-35); el encuentro semanal de la comunidad para evaluar la vida fraterna y celebrar el perdón (RC 15; Hech 4,32); la oración litúrgica en comunión con la Iglesia Universal ( RC 11; hech 2,46). Tenemos, por otra parte, el prior- «primus inter pares»- elegido por el grupo (RC 4; hech 4,35), que ejerce su autoridad como servicio, asegurando la unidad y la estructura necesaria para vivir el propósito común.

Estos elementos de la fraternidad presentes en la Regla- que están también en la base de la vida eclesial- subrayan el criterio de la comunión. El Vaticano II tomó justamente la comunión como característica principal de la eclesiología conciliar: la Iglesia como “comunión con Dios y con los hermanos y hermanas” (LG 1-5); como “único Pueblo de Dios” (LG II), que se basa en la radical igualdad entre los bautizados (LG 9-17) antes aún que cualquier diversidad de función o servicio; en el sacerdocio común de los fieles (LG 10) que lleva a la participación y corresponsabilidad de todos; en la común vocación a la santidad universal (LG 39-42); por la comunión en la pluralidad y complementariedad de los carismas (LG 4.7). Estos valores aparecen en la Regla en la forma en que todos son llamados «fratres», participan en el capítulo semanal o en las decisiones en las que el prior va implicando a la comunidad. De este modo la principal característica de la eclesiología de comunión ayuda a comprender y actualizar la fraternidad carmelita en la Iglesia de hoy. Nos permite también reinterpretar la Regla a la luz del Vaticano II y descubrir un camino de vida eclesial en lo específico de un carisma religioso presente en la Iglesia.

Esta relectura, en el ámbito de una nueva eclesiología, ha tenido ya consecuencias prácticas en la Orden Carmelita: el reto de constituir comunidad más consciente y participativa; la mayor responsabilidad y compromiso en la relación con el mundo, con la justicia y la paz, en la óptica de una fraternidad universal; el desarrollo de la Familia Carmelita que ayuda a recordar que el carisma ha de estar abierto y enriquecido por los diversos estados de vida, dando un gran énfasis e importancia a la participación de los laicos. Tales principios, además poner a la Orden en línea con la Iglesia postconciliar, muestra que la Regla del Carmelo es aún un proyecto de vida vivo y actual, que lanza a la fraternidad carmelita al desafío de contribuir con una continua y necesaria recepción de la eclesiología del Concilio.

De esta forma,  la fraternidad carmelitana puede también convertirse en un signo importante y particular de la Iglesia de comunión propuesta por el Vaticano II. La Vida Consagrada postconciliar ha sido invitada a ser no sólo «signo» y «testimonio», sino también «instrumento» y «promoción» de esta consciencia eclesial ( cf VC 46). Por lo tanto, el Carmelo puede ofrecer a la Iglesia una experiencia de la comunión vivida en fraternidad, como comunidad, en la Iglesia, siendo esta la consecuencia y el resultado de una vida expresada por el don de la contemplación, del vacare Deo- vaciarse para llenarse de Dios- que es el fundamento de su carisma (cf. RIVC 4).

Sin perder los elementos de los orígenes, la Orden debe enriquecerlos respondiendo a los signos de los tiempos, comprendiendo la amplitud de estos valores que no llevan a una cerrazón o aislamiento, sino , por el contrario, a una vida de comunión cuya fuente es la comunión con la Trinidad que se realiza en la comunión eclesial entre todos los bautizados. De esta forma, la actualización del carisma pasa necesariamente por la renovación propuesta por el Concilio a toda la Iglesia. Desde esta perspectiva, la eclesiología de comunión se convierte en fundamental para releer la Regla y para comprender y vivir el carisma, el sentido de la oración, del silencio y de la soledad, los proyectos y los trabajos de la Orden, las tareas parroquiales y pastorales, la formación de los nuevos carmelitas; es decir,  en la óptica de una experiencia eclesial más coherente y comprometida a partir de  un modelo de Iglesia como Pueblo de Dios.

A cincuenta años de la promulgación de la Constitución Dogmática Lumen Gentium (1964), ciertamente la Vida Consagrada puede participar más activamente en el debate y profundización de la eclesiología conciliar, especialmente por lo que se refiere al tema de la comunión y las consecuencias prácticas que ello comporta. En esto la Orden puede tener también un gran papel. No obstante, aún tenemos mucho camino por recorrer. Por supuesto, los frutos no serán recogidos solamente por los consagrados y consagradas, sino por toda la Iglesia en la que participamos como único Pueblo de Dios. ¡Vale la pena afrontar este reto!

 

AUTOR: P. Claudemir Rozin, O.Carm.
TOMADO DE: http://www.ocarm.org