El destino de Jesús es nuestro destino (Ficha 7)

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Las huellas definen al hombre; son como su identidad dejada en la historia; las huellas son las marcas, las señales profundas de alguien que ha pasado por nosotros. Seguir a Jesús es poner el pie en sus huellas: las huellas desafiantes y desconcertantes del Maestro.

Por eso, hay que buscar las huellas del “Hijo del Hombre” que pone su pie en el polvo del camino y sus pisadas quedan perdidas en otras muchas que lo han seguido. Busca sus huellas donde haya dolor; allí encontrarás su compasión. Busca sus huellas donde haya opresión, esclavitud, pecado; allí encontrarás su gracia y perdón. Busca sus huellas donde haya enfermedad, pobreza y miseria; allí encontrarás señales de migajas de pan y restos de pescado asado. Busca sus huellas donde haya odio, manejo y dominio del hombre; allí encontrarás caminos de libertad. Busca sus huellas camino del monte maldito y verás la sangre, como símbolo de vida, agarrada a sus pasos; verás allá, en lo alto, la Cruz donde está clavado, donde cuelga como Crucificado. Este es el destino de Jesús. Este es el camino para liberar al hombre. Este es el signo entrañable del amor de Dios a los hombres. Está en la Cruz porque ha asumido la CAUSA DEL REINO, que el Padre le entregó, hasta las últimas consecuencias. La Cruz es su pasión. La Cruz salvadora y liberadora.

Es clara la Palabra de Jesús. Es radical y no necesita explicación. Dice: “Si quieres ser mi discípulo, si quieres seguirme, toma tu Cruz cada día y vente detrás de mí”. Y dice más: “Quien quiera ganar su vida, la perderá; pero quien la pierda por mí y el Evangelio, la encontrará”. El seguimiento de Jesús lleva consigo el tomar parte de su destino: la Cruz. Una Cruz ofrecida por Jesús como signo revolucionario del amor, como libertad plena, no sometimiento, compromiso definitivo. Jesús ofrece la Cruz como la fuerza de Dios en la debilidad del hombre; como trampolín para la resurrección. Ofrece la Cruz no como meta, sino como paso – pascua -, para la liberación plena. Liberación personal y liberación de los hombres. Llama para que hoy en la historia el creyente haga presente el camino de la Cruz que Jesús recorrió hace 2000 años. Pablo, enamorado de Jesús, decía que él no sabía de otra cosa sino “de Cristo y Cristo crucificado”. Aceptar la Cruz es ponerse en ritmo de seguimiento de Jesús.

Desde que Jesús subió a la Cruz, el sentido de la Cruz ha cambiado. Desde la fe, la Cruz tiene otra lectura. Desde la fe ya no se mira al árbol maldito, sino al que pende del madero; ya no se mira al ajusticiado, sino al que entregó su vida por muchos; ya no se mira a algo que no tiene sentido, que es absurdo, sino a Alguien que, loco de amor por los hombres, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Ahora, desde el Cristo crucificado, la Cruz es la Sabiduría y el poder de Dios. La Cruz es la expresión de la vida, del amor leal de Dios, de la gloria de Dios. En Cristo crucificado lo divino se ha hecho humano y lo humano, divino. En Cristo crucificado han hecho las paces el hombre y Dios. En Cristo crucificado el pecado ha sido vencido, la ley ha sido superada, y la muerte aniquilada. En la Cruz, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La Cruz, Cristo crucificado, se ha convertido en el acontecimiento central de la historia. Desde la Cruz, quien resucite, será el crucificado. Tomar parte en el destino de Jesús, entonces, es entrar en camino de felicidad. Así le dice el Padre a Jesús crucificado: “Alégrate, tú, Jesús, mi Hijo crucificado, porque te han injuriado, maldecido y dicho contra ti toda suerte de mal a causa del amor que me tienes, porque será grande la recompensa que te espera en el Reino”.

Y TU, ¿QUÉ PIENSAS?...

¿Será que hoy las huellas de Jesús han desaparecido? ¿Dónde encuentras hoy sus huellas?

¿Crees que tus huellas abren caminos para otros?

Elige una noticia actual que presente una realidad contraria a la propuesta de Jesús y analízala a la luz del Evangelio, intentando descubrir qué valores cristianos se han olvidado allí.

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