El Señor resucitó, ¡Aleluya!

El Señor ResucitóEl hombre usa lenguaje humano; el único de que dispone. Dios usa lenguaje divino; si usara otro no sería Dios. Al hablar de Dios, la palabra humana adquiere sentido divino. La palabra resurrección, aplicada al acontecimiento inaudito de Jesús, adquiere sentido...

 


 

Volver a ver a un amigo que se ha recuperado de una enfermedad grave o de un fracaso económico, político o social, es motivo de inmensa alegría. Si no lo decimos, por lo menos pensamos: ‘ha resucitado’. Toda restitución de integridad, más aún, toda expresión de vitalidad, es resurrección. La resurrección está en la vida de todos los días. Dios no es un intruso en la existencia de los hombres y de la creación; Es el que da sentido a todo. “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), escribió un vidente, sobrecogido de la novedad y eficacia de la resurrección.

En la primera carta de “Cartas a un joven poeta”, Rilke escribe: “No sé darle otro consejo: camine hacia sí mismo y examine las profundidades en las que se origina su vida. En su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si debe crear. Acéptela tal como venga, sin interpretarla [...] Nada le puede estorbar con mayor violencia que mirar hacia fuera y de allí esperar una respuesta a preguntas que quizá sólo su más íntimo sentimiento, en los momentos más silenciosos, puede responder”. Algo así llevó a los discípulos de Jesús a buscar iluminación en su más profunda intimidad en el desconcierto de la crucifixión.

 

Resurrección

La idea bíblica de resurrección es distinta de la griega. En ésta, que es dualista, se trata de revivir un cadáver. En la bíblica, la muerte no es separación de cuerpo y alma. Se trata, no de realidades separables, sino de dimensiones de una única realidad compleja. No hacemos nada sólo con el cuerpo o sólo con el alma. Hacemos todo en cuerpo y alma. El ser humano todo entero vive la muerte y la resurrección. Nacemos en cuerpo y alma, vivimos en cuerpo y alma, morimos en cuerpo y alma  y resucitamos en cuerpo y alma en forma dinámica y simultánea. Al nacer comenzamos a morir y al morir acabamos de nacer, de resucitar.

En esta visión unitaria, el cadáver no es el cuerpo; es el residuo que queda en un proceso de transformación radical hacia la plenitud de la vida. El gusano todo entero se convierte en mariposa; el cadáver es la caparazón que queda. Nuestras acciones tienen valor de eternidad. Comenzamos a ser eternos al nacer. Los santos se forjan en la tierra. Cada acción buena es de resurrección.

Cada uno tiene el poder de moldear nacimiento, vida, muerte y resurrección, sobretodo si en su comportamiento cotidiano cuenta con el Resucitado. “Por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y vivo, más ya no yo, es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 19-20). El Resucitado comunica sin cesar vida divina al ser humano, a todos los seres de la creación.

S. Juan de la Cruz llama cavernas a las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. “Las cuales son tan profundas cuanto de grandes bienes son capaces, pues no se llenan con menos que infinito” (Llama 3, 18). La sicología es completa en la medida en que cuenta con el Resucitado. El hombre no se contenta con menos que infinito, decía también Pascal.

Alguien escribió en la intimidad: “Todo fue creado por él y para él, y todo se mantiene en él” (Col. 1, 16-17). Resucitar es participar de la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es divinización, vida en plenitud. Así lo manifiesta y lo atestigua todo sentimiento bueno. El titilar de las estrellas cambia la tristeza en alegría y el desánimo en gusto de vivir. Quien cierra los ojos y siente salud, transparencia, felicidad, vive ya la resurrección.

S. Juan de la Cruz escribió unos versos descomunales: “¡Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!” Una herida tierna, como la de los peregrinos de Emaús, cuyo corazón ardía camino de la intimidad, no es cosa de este mundo sino de resurrección. La misma que dejó atónito a Moisés ante la zarza que ardía sin consumirse (Ex. 3, 2). En verso y prosa, la Noche Oscura, el Cántico Espiritual y la Llama de S. Juan de la Cruz son cantos de resurrección.

Saulo se cayó del caballo de la ley en los brazos de Dios. Se volvió otro siendo el mismo. “¿Qué quieres que haga?” (Hech 22, 10). Nada. Le llegó “la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie se justifica” (Gál 2, 16). Libre ya de extravíos, el Resucitado se volvió su camino para siempre.

“Pablo se levantó del suelo y, con los ojos abiertos, no veía nada” (Hech 9,8). Texto que el Maestro Eckhart comenta así: “Me parece que esta palabra tiene cuatro sentidos. Un sentido es éste: cuando se levantó del suelo, con los ojos abiertos no veía nada y esa nada era Dios; puesto que, cuando ve a Dios, lo llama una nada. El segundo: al levantarse, allí no veía nada sino a Dios. El tercero: en todas las cosas no veía nada sino a Dios. El cuarto: al ver a Dios veía todas las cosas como una nada”.

Gracias a la resurrección, Pablo ve lo que no se puede ver, oír lo que no se puede oír, tocar lo que no se puede tocar, entender lo que no se puede entender, amar lo que no se puede amar. “Si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe” (2 Cor 12, 2). Su locura de amor llega a todos los rincones de la creación “que gime con dolores de parto esperando la gloriosa liberación de los hijos de Dios” (Rom 8, 22.21).

El apostolado de Pablo no es otra cosa que testimonio de resurrección. “Dios nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo a ser santos e inmaculados ante él por el amor” (Ef 1, 4). Gracias al Resucitado y a la fidelidad de ella, en María aparece realizado en forma singular el designio primordial de Dios, patrimonio de todos los humanos, de todo el universo.

 

La resurrección de Jesús

El hombre usa lenguaje humano; el único de que dispone. Dios usa lenguaje divino; si usara otro no sería Dios. Al hablar de Dios, la palabra humana adquiere sentido divino. La palabra resurrección, aplicada al acontecimiento inaudito de Jesús, adquiere sentido insólito. Al morir en la cruz, estalla su condición divina, resucita; es Dios y hombre a la vez.

El Padre da a Jesús el dominio de la vida y de la muerte. Con Él y en Él inaugura el misterio de la resurrección. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). El último día es asunto, no de tiempo, sino de plenitud: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). La resurrección es comunión de Dios con el hombre y con la creación.

Jesús es transparencia de Dios, sacramento del Padre. “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30); “Felipe, el que me ve a mí ve al Padre” (Jn 14, 9). A semejanza de Jesús, todo hombre es transparencia, sacramento de Dios. Su vocación es irradiar a Dios en cuanto hace, dice, siente y piensa. T. de Chardin afirma en El Medio Divino que el orante es el centro del universo. A través de él llega Dios a la creación, la creación a Dios; acontece la resurrección.

El evangelio de Juan, por ejemplo, es un tratado de resurrección. Así lo atestiguan con emoción cada frase, cada párrafo y cada página. “En el principio existía la Palabra... Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1, 1.3). “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, aunque a mí no me crean, crean por las obras, y así sabrán y conocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38). Que sea “testigo de la resurrección” es el criterio con que los apóstoles eligen al sucesor de Judas, pues “a este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hech 1, 22 y 2, 32).

“Una de las causas que más mueven al alma a desear entrar en esta espesura de sabiduría de Dios... es venir a unir su entendimiento en Dios, según la noticia de los misterios de la Encarnación, como más alta y sabrosa sabiduría de todas sus obras” (S. Juan de la Cruz, Cántico, 37, 2). “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Deseo partir y estar con Cristo” (Fil 1, 21.23). Encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús son dimensiones del maravilloso misterio de Dios, presente en todo.

 

La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro no es propiamente reanimación de un cadáver. El evangelista es un mago. Le hace decir a la palabra lo que ella no puede decir. Usa un lenguaje plástico, tangible, sensorial para hablar de lo que no tiene nombre. Tomás, por ejemplo, se siente incapaz, tosco, sin pulir; menesteroso de afinamiento. Termina por celebrar la resurrección, fuera de sí, con el dedo, con la mano, con todos los sentidos. Catarsis descomunal. Ver sin ver, tocar sin tocar, gustar sin gustar, callar sin callar, con un regocijo que no pertenece a este mundo.

La resurrección de Lázaro es prodigio de magia narrativa. Ante la llamada de Jesús: “¡Lázaro, sal fuera!” (Jn 11, 43), Lázaro, trastornado, perplejo, sacudido, como si saliera de un profundo sueño, se levanta de la cueva de apegos y desamor en que ha sepultado su vocación divina. No hay visita de amigo sin traje de fiesta, el traje del desapego y el amor.

La palabra resurrección adquiere en Jesús sentido nuevo, desconocido, insospechado. Poco importa si Lázaro está muerto o si Jesús es capaz de revivir un cadáver. “Es absurdo enredarse en tales discusiones [...] Este relato no es [...] un hecho, es una verdad. No es algo que ocurre en el tiempo [...] sino en la eternidad” (Osho, El hombre que amaba las gaviotas y otros relatos, p. 66).

Jesús llora ante la tumba del amigo muerto. “Todos decían: miren cómo lo amaba” (11, 35). Son lágrimas de amor. Y de alegría. “Me alegro de no haber estado allí, para que ustedes crean” (11, 15). Quien tiene el poder de resucitar porque es la resurrección y la vida, es el dueño de la felicidad, la felicidad misma; luz que ahuyenta la oscuridad de la tristeza y las lágrimas.

Desde que nacemos comenzamos a sepultarnos en la cueva del desamor y los apegos. “El Maestro puede desencadenar en ti un proceso que encenderá una llama” (Osho). La llama del amor. “Yo soy la resurrección [...] todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (11, 25-26).

“Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que aspire en Dios como Dios aspira en ella, por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? [...] Y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a estos la crió a su imagen y semejanza” (S. Juan de la Cruz, Cántico 39, 4). Dios realiza en el hombre el acontecimiento imposible de la resurrección. Lo hace deiforme, semejante a Él, uno y trino a la vez: Dios por participación.

 

El poeta es pontífice

S. Juan de la Cruz es poeta místico. Con pasmosa habilidad, echa mano del símbolo para tender puentes entre la noche y el día, la oscuridad y la luz, el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo, el tiempo y la eternidad, el hombre y Dios. Canta la noche así: “Aquesta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía”, y forja versos imposibles de olvidar: “La música callada / la soledad sonora / la cena que recrea y enamora”.

En las apariciones, el Resucitado trae el gozo de la presencia divina a la condición espacio-temporal de la criatura. “Gocémonos, Amado, / y vámonos a ver en tu hermosura / al monte y al collado / do mana el agua pura / entremos más adentro en la espesura”. Habilidad que Dios da al hombre en la comunicación del Espíritu Santo (Ver Cántico 39, 3). El tiempo convertido en anticipo de eternidad.

La Resurrección es el puente que Jesús tiende de la tierra al cielo. Toda criatura sube y baja por él. Pontífice-poeta, poeta-pontífice. Bien lo afirma el evangelista Juan, poeta-pontífice también: “Sí, les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por este Hombre” (Jn 1, 51). Y añade: “Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Siglos atrás Jacob soñó con “una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba el cielo, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella”. Jacob despertó sobrecogido: “¡Qué terrible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!” (Gén 28, 12.17). Maravillosa experiencia de resurrección.

Jesús es el poeta que tiende puentes de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Poeta-pontífice, y puente también. Las parábolas son joyas de la literatura universal. Imborrables por nítidas, juntan lo grande con lo pequeño, lo sublime con lo baladí (Mc 4). La resurrección es el puente que va de la tierra al cielo; empapa la condición humana de divinidad. “Quien tiene sed, que venga a mí; quien crea en mí, que beba: de sus entrañas manarán ríos de agua viva” (Jn 7, 37). El Resucitado “con sola su figura” deja todo “vestido de hermosura”.

La resurrección utiliza el lenguaje simbólico de los poetas, y más si cuenta con el lirismo embriagador de S. Juan de la Cruz. Entonación, cadencia, ritmo, rima, musicalidad. “En la interior bodega / de mi Amado bebí / y cuando salía / por toda aquesta vega / ya cosa no sabía / y el ganado perdí que antes seguía”.

La vocación humana y cósmica es de resurrección, de vida en plenitud. Así lo expresan en todas partes los cantos de regocijo, admiración, alabanza y gratitud. Quien parte y comparte el pan a la mesa (Lc 24, 35), da pan al hambriento, viste al desnudo, acoge al forastero, consuela al triste (Mt 25, 31s.) y celebra una cena (Lc 22, 14s.) para compartir la transparencia afectiva, realiza el gesto divino de la resurrección. La inspiración con que el sermón de la montaña (Mt 5, 1-12) canta la felicidad.

 

Alegría y consuelo de todos

En su ingreso al Carmelo, al llegar a su celda, Isabel de la Trinidad exclamó: “La Trinidad mora aquí”. Al preguntarle cuál era su lema, contestó: “Dios en mí, yo en Él”. Para Isabel, casita de Dios, bautismo es resurrección. Similar a lo que S. Teresita escribía en una carta del 9 de junio de 1897: “Yo no muero, entro en la vida”. Cada acción de desapego y amor es ingreso en la vida, en la resurrección.

Refiriéndose al tercer grado de oración, S. Teresa escribe: “Aquí viene bien dejarse del todo en los brazos de Dios. Si quiere llevarla al cielo, vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su Bien; si acabar del todo la vida, eso quiere; si que viva mil años, también. Haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor; descuídese del todo” (Vida 17, 2). Y en otro lugar añade: “Siempre en todas las cosas me aconsejaba este Señor, hasta decirme cómo me había de haber con los flacos y con algunas personas. Jamás se descuidaba de mí” (Vida 40, 19). S. Teresa conocía por los efectos la presencia del Resucitado: “Temor ninguno tiene de la muerte más que tendría de un suave arrobamiento” (Moradas 7, 3, 7).

“Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín. Invitación a vivir de amor, lo mismo que S. Juan de la Cruz cuando afirmaba: “A la tarde te examinarán en el amor”. Quien vive de amor anticipa en el tiempo la eternidad de la resurrección. “Y vivo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

S. Teresita oraba así: “Quiero ser santa, pero siento mi impotencia. Te pido, Dios mío, que seas Tú mismo mi santidad” (Oración 6). Oración, santidad, bautismo y resurrección son dimensiones de la misma realidad: juntura del cielo con la tierra, del hombre con Dios.

“Que el Padre de la gloria  les conceda espíritu de sabiduría [...] para que conozcan [...] cuál es la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que  desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos, por encima de todo [...] cuanto tiene poder no sólo en este mundo sino también en el venidero” (Ef 1, 17.19-21).

La resurrección acontece en la trama de la vida cotidiana. Aquí y en la eternidad.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal OCD