Martes, Julio 22, 2014
facebook twitter youtube  

Este Portal es actualizado por amigos de la espiritualidad carmelitana

Donaciones

Volver a lo esencial con Teresa de Jesús y Juan de la Cruz

El carisma de la vida carmelitano-teresiana se inserta en el gran movimiento del seguimiento de Cristo de la vida religiosa. Tres momentos son fundamentales para la vida carmelitana teresiana: la Regla, texto inspirador, la experiencia y la doctrina de santa Teresa y de san Juan de la Cruz, la expresión constitucional posconciliar del carisma y la espiritualidad en nuestras Constituciones.

La vuelta a lo esencial implica una renovada toma de conciencia de aquellos elementos que constituyen el núcleo central de nuestro carisma en la Iglesia. Eso nos permitirá afrontar los retos de los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo.

 

La experiencia y doctrina teresiana

44. Muy dotada desde siempre para las relaciones interpersonales, para la amistad, nuestra santa Madre, cuya experiencia está en el origen de nuestra identidad vocacional en la iglesia, es centrada por Dios, "recogida" por y en él, misterio trinitario. Las personas divinas (Dios) llenan totalmente el espacio de su conciencia lanzándola fuerte y vivamente a una relación interpersonal, hasta sumergirla en la vida de relación intratrinitaria. Experimenta la presencia y cercanía del Padre. Basta "ponerse en soledad y mirarle dentro de sí"(36). En sus Relaciones nos habla de su experiencia de la persona del Padre que se acercaba a ella y le decía palabras muy agradables. "Entre ellas me dijo, mostrándome lo que quería: Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo"(37).

45. Asumiendo nuestra naturaleza humana, por la acción del Espíritu Santo, el Verbo de Dios, nos dice la santa Madre, no sólo asume nuestras flaquezas, trabajo y limitaciones, y así entiende nuestras flaquezas, sino también muestra la dirección y el ámbito de nuestra filiación divina y de nuestra condición humana, y por eso es compañía y amigo verdadero: "no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra ... es desatino ... y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía"(38). Por eso santa Teresa se opone al parecer de muchos teólogos que exigían abandonar la humanidad de Cristo para poder subir a los grados superiores de contemplación. Afirma con fuerza que no hay que apartarse de la humanidad de Cristo(39). El seguimiento de Jesús bajo la acción del Espíritu, implica también en la doctrina teresiana el asumir nuestra naturaleza y vivirla como gracia, como vehículo de gracia. También en la experiencia de las limitaciones y achaques. Cristificar es también humanizar, o si se quiere personalizar, hacer persona.

46. Por supuesto que santa Teresa nos enseña igualmente que junto con este proceso de humanización se da un proceso de divinización. También a nosotros nos define lo divino y lo humano junto. Toda la ascética teresiana busca la liberación y el potenciamiento de lo humano, el embellecimiento de la persona, a fin de que podamos ser transformados en signos e instrumentos del hombre-Dios y el Dios-hombre: "mientras más santas, más conversables con sus hermanas ... Ser afables y agradar y contentar a las personas que tratemos"(40). Teresa nos comunica su gozoso descubrimiento de Dios y de sus exigencias que llegan al nudo de nuestras relaciones humanas. Según ella, la humanización de Dios nos abre el camino y hace posible la nuestra, que se continúa en la humanización de todas las estructuras, siempre al servicio de la persona, como nos recuerda el Vaticano II: "el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana"(41). En este aligeramiento de las estructuras se comprometió a fondo Teresa en su proyecto renovador del Carmelo. Procuró pasar de un rígido hieratismo a un humanismo evangélico: "entienda, mi padre, que yo soy amiga de apretar en las virtudes, mas no en el rigor, como lo verán por nuestras casas"(42). Santa Teresa siempre defendió el humanismo en las estructuras y en la aplicación de las leyes, porque "un alma apretada no puede servir bien a Dios"(43).

47. Junto con la experiencia del Padre y del Hijo, santa Teresa experimentó la presencia y la acción del Espíritu en su vida. "Paréceme a mí que el Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios"(44). Él es quien guía la vida de las personas y les comunica la fe, como a los apóstoles. Él acompaña en la oración y hace experimentar al Padre y al Hijo presentes.

48. El camino y expresión vivencial -más tarde también doctrinal- de estas experiencias divinas fue la oración, trato de amistad(45). Es el "medio" y "lugar" por excelencia de su experiencia de Dios. Santa Teresa subraya la importancia del encuentro con el Señor en el silencio y en la soledad, aunque, ya en la plenitud de su unión con Dios, escribe "que entre los pucheros anda Dios"(46), y que se comunica por muchos caminos(47). No sólo en los "rincones"(48).

Las oración será el centro y eje de su mensaje espiritual. Entendida como amistad, se extiende a toda la existencia y lleva a ser amigos de Dios. Por eso, cuando presenta su pedagogía de la oración insiste en el ser: "qué tales habremos de ser"(49). Y habla de la recreación del ser (amor fraterno, desasimiento, humildad = verdad) como "cosas necesarias para los que pretenden llevar camino de oración"(50).

49. Este planteamiento le servirá para educar a la vida de comunidad, que es un elemento esencialísimo en la experiencia y palabra teresianas. Compara sus comunidades con el grupo de los doce alrededor del Señor, y las llama "colegio de Cristo"(51). Él "nos juntó aquí", "nos trajo aquí"(52). La comunidad surge porque el Señor llama y congrega para una donación colectiva a él: "darnos todas al Todo sin hacernos partes"(53). El nos hace deudos los unos de los otros. Somos de este modo una nueva familia: "No hallaremos mejores deudos que los que su Majestad nos enviare"(54). Esta oración-amistad está centrada desde el principio en Jesucristo(55). En él, "libro vivo" aprende "las verdades"(56) del ser de Dios y de nosotros mismos, de nuestra llamada a "ser conformes" a él(57). Hay que destacar que el humanismo teresiano tiene aquí su verdadera raíz.

50. La persona consagrada se transforma en amiga-esposa de Jesús y tiene que ser don para los otros: en la Iglesia y en el mundo. La oración, para santa Teresa no se reduce a unos momentos ni tampoco puede cerrarnos sobre nosotros mismos(58). Así educó a su monjas: "Que se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia"(59). "Quienes conocen la condición de Dios" se hacen don de sí(60). No se santifican para darse, sino que, dándose, se santifican. Y así "pelean por Cristo"(61). María es la expresión suprema de la vocación carmelitana: "tenéis tan buena madre"(62), debemos "hacer la vida como verdaderas/os hijas/os de María"(63), pues la reforma es "la causa de la Virgen María"(64). Somos "su Orden"(65).

51. Esta experiencia entrañable de las tres personas divinas y de su acción en nosotros y en la historia, se vive y se alimenta en la oración como trato de amistad con la Trinidad. El humanismo está enraizado en la encarnación del Verbo. La comunión, fruto de la presencia y de la acción del Espíritu que impulsa a la misión para proclamar la Buena noticia de salvación y para vivir la fe (humildad-verdad), la esperanza (desapego) y el amor, es anuncio evangélico(66). Estos son los elementos fundamentales de la experiencia y doctrina teresianas.

 

La experiencia y doctrina sanjuanistas

52. San Juan de la Cruz está también fuertemente impactado --experiencia y palabra-- por el misterio tripersonal de Dios que se autocomunica. Esta experiencia le hace "salir", empeñar personalmente su vida, dar la res-puesta a la pro-puesta de Dios: "Si el alma busca a Dios, mucho más le busca su Amado a ella"(67). "Dios es el centro del alma"(68). El santo, explicando nuestra condición de hijos de Dios, habla del deseo de entender las profundas vías y misterios de la Encarnación que tiene la persona transformada en Cristo por la acción del Espíritu: "Una de las causas que más mueven al alma a desear entrar en esta espesura de sabiduría de Dios y conocer muy adentro la hermosura de su Sabiduría divina es ... por venir a unir su entendimiento en Dios, según la noticia de los misterios de la Encarnación, como más alta y sabrosa sabiduría de todas sus obras"(69). En estas "cavernas" de Cristo desea adentrarse el creyente para absorberse y transformarse y embriagarse, es decir vivir la participación real y total en la modalidad filial de ser compañeros de la divina naturaleza, "iguales y compañeros de Dios"(70). Este proceso de ser transformados en hijos en el Hijo se realiza por la acción del Espíritu Santo que purifica al creyente de todo lo que no es Dios y le da la posibilidad de amar a Dios con el mismo amor de Dios y lleva a plenitud la imagen de Dios que somos desde el momento de nuestro nacimiento(71). San Juan de la Cruz pone de relieve que en esta participación de la vida intratrinitaria por la acción del Espíritu Santo es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza. "Y cómo eso sea no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios"(72).

53. El encuentro con Dios se da siempre en las virtudes teologales: acciones de Dios en las que él mismo es, a la vez, comunicante y comunicado(73), capacitadoras y camino para el hombre, en su aspecto purificativo y unitivo(74). En ellas el santo expresa todo el movimiento de donación de Dios y de respuesta humana: "el único medio próximo de la unión". La vida cristiana es sólo, sustancialmente, vida teologal.

También este enfoque se profundiza en la oración-contemplación: en ellas no "hay que llevar otro arrimo sino la fe y la esperanza y el amor"(75). El Espíritu Santo, agente de la contemplación, "no le alumbrará [al alma] más que en fe"(76). Él es la "llama viva" que purifica (verdadera y profunda "ascesis") y une, "diviniza". Todo el camino espiritual se hace bajo la moción del Espíritu.

54. El camino espiritual, de purificación y de unión, simultáneamente, está marcado en la realidad y en la enseñanza del santo, por la noche, "momentos" de más intensa experiencia de purificación, "momentos" decisivos del camino de la unión, que merecen un particular tratamiento del doctor místico. La unión es la vocación del hombre, realidad envolvente, dinámica, en devenir, que preside todo el camino del creyente, "condiciona" e ilumina toda la exposición sanjuanista(77). La unión, que en su máxima realización, es la inmersión profunda en el misterio de vida trinitaria(78), realiza de forma eficaz nuestra condición filial(79).

55. Jesucristo, el Hijo, modalidad de nuestra participación en el misterio trinitario(80), es también, en su pasión y muerte, camino nuestro, quien justifica y verifica nuestra "pasión y muerte", nuestra "ascética": "sígale hasta el calvario y el sepulcro"(81). Es el sentido de 2S 7, en el que el santo nos ofrece su comprensión "del misterio de la puerta y del camino de Cristo"(82), nuestro camino(83). Así encabeza el pequeño manojo de "avisos" en 1S 13,3. Así sintetiza la Noche: "entremos más adentro en la espesura"(84). Morir "siguiendo sus pisadas" [de Cristo] a cuanto "estorbe la resurrección interior del espíritu"(85). San Juan de la Cruz presenta a Jesús como palabra del Padre, en la que nos ha dicho y dado todo y ha quedado mudo. El Padre nos ha dado a su Hijo por hermano, compañero, precio y prenda. Eso debe alimentar en nosotros una actitud de base: poner los ojos en Cristo porque en él el Padre nos ha revelado todo, "pues, acabando de hablar toda la fe en Cristo, no hay más fe que revelar ni la habrá jamás"(86).

56. Lo esencial de la experiencia y de la doctrina sanjuanista se encuentra, como en santa Teresa, en el campo trinitario: las tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son las que hacen la obra de la unión del ser humano con Dios(87). Ésta se realiza a través de un camino iluminado por el Verbo, palabra del Padre y guiado por el Espíritu Santo. Se pasa a través de las noches de purificación que van llevando a la maduración en la fe, la esperanza y la caridad. Estas tres actitudes fundamentales son el medio y disposición para la unión con Dios(88), y guían el camino de la auténtica oración cristiana. El humanismo de san Juan de la Cruz complementa el de santa Teresa. Este humanismo se encuentra en su sensibilidad ante la belleza de la naturaleza, su amor por la música, su preocupación por los enfermos y por los pobres y, especialmente, en sus escritos poéticos.

 

Tomado de:

Documento del Capítulo General OCD

Volver a lo Esencial | En camino con Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz

Avila, 17 de mayo de 2003