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P. Rómulo Cuartas Londoño OCD

P. Rómulo Cuartas Londoño OCD

Religioso y presbítero de la Orden de Carmelitas Descalzos. Doctor en teología y especialista en mística cristiana, con especial énfasis en los místicos españoles del siglo XVI: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.  Desde hace algunos años trabaja como vice-rector y profesor del Centro Internacional Teresiano-Sanjuanista de Ávila (CITES).  Es además autor de numerosos artículos y libros relacionados con la mística y la espiritualidad.

URL del sitio web: http://www.citesavila.org/web/es/index.asp

Jueves, 21 de Abril de 2011 11:39

El Cristo Eucarístico de Teresa de Jesús

 

Santa Teresa, como los apóstoles, llegó a comprender plenamente el misterio de Cristo únicamente después de sus encuentros y de su experiencia del Resucitado, que salió en su búsqueda y se hizo ver y oír a través de las visiones y locuciones. Como aconteció en la Comunidad primitiva, la Santa, entendió que el Resucitado es el Crucificado, el que pasó su vida haciendo el bien y liberando a todos los oprimidos «porque Dios estaba con él». Pero, precisamente, porque Dios estaba con él, no sólo en la encarnación y el ministerio público, sino de manera singular, en la cruz y en la resurrección, muy pronto pasa la Santa a comprender que en Cristo se nos ha revelado plenamente el Padre y que llegamos a esta comprensión merced a la acción del Espíritu Santo en nosotros, pues es quien nos lleva a la plenitud de la verdad de la revelación: en Cristo estaba el Padre reconciliando consigo a la humanidad. Desde esta experiencia profunda de la Trinidad en el acontecimiento Cristo, Santa Teresa no duda en afianzarse en que Cristo es el único camino, el que nos muestra al Padre y en quien el Padre nos hace las más grandes mercedes.

A pesar de las extraordinarias e inefables experiencias vividas por Teresa en sus encuentros con el Resucitado, la Santa afirma con toda la fuerza de su fe que el lugar privilegiado donde todos tenemos acceso a Jesús en la globalidad de su entrega, desde la encarnación hasta su resurrección y glorificación, es en la Eucaristía. Por eso se admira de quienes añoran los tiempos en que anduvo Jesús con sus discípulos por los caminos de Galilea. Afirma que a ella le trae sin cuidado porque le tenemos realmente presente y en la totalidad de su misterio en el Santísimo Sacramento. En la Eucaristía tenemos la presencia más segura, plena y eficaz de Cristo, cuya venida a este mundo y su permanencia en el Sacramento tiene como objetivo primordial llevarnos a reconocer que somos partícipes de la divina naturaleza, a que disfrutemos de esta realidad y a que cada día nos sintamos más inmersos en la vida íntima de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ya viven en nosotros, pero que se nos dan de manera singular en la comunión eucarística[1].

1.  La experiencia eucarística de Santa Teresa

La Eucaristía es el centro de todas las gracias místicas de Santa Teresa. Para ella, «el misterio de la comunión eucarística es participación en la vida divina, abierta a la experiencia trinitaria. Percibe la comunión eucarística como la gracia de una unión consumada con el cuerpo de Cristo»[2]. Sin embargo, tenemos que leer los nueve primeros capítulos de la autobiografía teresiana para encontrarnos con la primera afirmación de fondo sobre su experiencia eucarística[3]. Se da en el contexto de su conversión ante la imagen de Cristo muy llagado y su evocación de la Magdalena: «Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas» (V 9, 2)[4].

Podemos decir que en la confesión teresiana, la Eucaristía va adquiriendo un progresivo relieve en íntima conexión con el dinamismo ascendente de su proceso místico. Y, como bien sabemos, cuando hablamos de proceso místico, hablamos del conocimiento por experiencia[5]. Por eso el desarrollo de la experiencia eucarística teresiana tenemos que leerlo en el contexto de su progresivo camino de unión con Cristo y de su progresiva introducción por Cristo en la intimidad de la comunión trinitaria. Para comprenderlo mejor en el proceso teresiano, haremos un breve recorrido por su testimonio autobiográfico, resaltando el aspecto eucarístico-trinitario en este proceso.

Recordamos que en la experiencia teresiana Cristo es su Maestro interior. Y la cátedra desde la que ordinariamente le enseña las verdades, es la Eucaristía. Así al presentarlo, en el tercer grado de oración, como «el hortelano  y el que lo hace todo» (V 16, 1), que le da en abundancia ese grado de oración pre-extática que ella llama sueño de potencias[6], el momento privilegiado para enseñarle a comunicar sus experiencias es cuando comulga: «Me dio el Señor hoy, acabando de comulgar, esta oración sin poder ir adelante, y me puso estas comparaciones y me enseñó la manera de decirlo y lo que ha de hacer aquí el alma; que, cierto, yo me espanté y entendí en un punto» (V 16, 2). Pone el mismo énfasis eucarístico, y casi las mismas ideas, cuando comienza a tratar del cuarto grado de oración u oración de unión[7]: «No diré cosa que no haya experimentado mucho. Y es así que cuando comencé esta postrera agua a escribir, que me parecía imposible saber tratar cosa más que hablar en griego, que así es ello dificultoso. Con esto lo dejé y fui a comulgar. ¡Bendito sea el Señor que así favorece a los ignorantes!... aclaró Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras poniéndome delante cómo la había de decir, que como hizo en la oración pasada, Su Majestad parece quiere decir lo que yo no puedo ni sé» (V 18, 8).

Cuando Teresa, por un breve tiempo, caminó en el engaño que proponían algunos autores espirituales según el cual «aunque sea la Humanidad de Cristo, a los que llegan ya tan adelante, que embaraza o impide a la más perfecta contemplación» (V 22, 1), se refugia en su experiencia eucarística, y desde ella reacciona: «duró muy poco estar en esta opinión. Y así siempre tornaba a mi costumbre de holgarme con este Señor, en especial cuando comulgaba. Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como yo quisiera. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento ni por una hora que Vos me habías de impedir para mayor bien? ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos? (V 22, 4). Desde esta reacción, que expresa bien su confusión, pasa a su confesión de fe eucarística: «Pues si todas las veces la condición o enfermedad, por ser penoso pensar en la Pasión, no se sufre, ¿quién nos impide estar con Él después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en Sacramento, adonde está ya glorificado? (V 22, 6)[8].

Precisamente es Jesucristo resucitado quien toma la iniciativa de dejarse ver por Teresa, especialmente en la celebración eucarística, en la comunión ó «después de comulgar». La primera experiencia de visión del Resucitado se da de una manera progresiva: primero «solas las manos», después «vi también aquel divino rostro» y, finalmente, «un día de San Pablo, estando en misa se me representó toda esta Humanidad Sacratísima como se pinta resucitado», lleno de hermosura y majestad (V 28, 1-2), «no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios. No como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan grande majestad que no hay quien pueda dudar, sino que es el mismo Señor, en especial acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda deshecha el alma se ve consumir en Cristo» (V 28, 8).

A partir de este dinámico encuentro del Resucitado con Teresa en la Eucaristía, su presencia eucarística va jalonando su desarrollo místico interior: «Algunas veces – y casi ordinario, al menos lo más continuo – en acabando de comulgar descansa; y aun algunas, en llegando al Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto. No parece sino que en un punto se deshacen todas las tinieblas del alma, y salido el sol conocía las tonterías en que había estado» (V 30, 14)[9].

 

También es el Resucitado en la Eucaristía quien le encomienda la misión de  proyectar su experiencia mística en la obra fundacional, empezando con la fundación del convento de San José: «Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio y que se serviría mucho en él» (V 32, 11). Y en este mismo contexto eucarístico se da la respuesta de Teresa a esta misión que le encomienda el Resucitado: «Comencé a acordarme de mis grandes determinaciones de servir al Señor y deseos de padecer por Él. Y pensé que si había de cumplirlos no había que andar a procurar descanso; y que si tuviese trabajos, que ése era el merecer... con éstas y otras consideraciones, haciéndome gran fuerza, prometí delante del Santísimo Sacramento de hacer todo lo que pudiese» (V 36, 9) [10].

Bien está aquí recordar que las hablas interiores o las visiones, tan intensamente vividas por Teresa en la Eucaristía, no se dan siempre que comulga, pero que se prolongan eficazmente en la vida y memoria de la Santa: «Cuando yo me llegaba a comulgar, y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento (y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia), los cabellos se me espeluzaban y toda parecía me aniquilaba» (V 38, 19). Por eso, la Santa agradece al Señor que se «encubra» y se «disfrace» en los signos sacramentales, y que en su pedagogía divina se nos vaya manifestado poco a poco[11]:

« ¡Oh, Señor mío! Mas si no encubrieras vuestra grandeza, ¿Quién osara llegar tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan gran majestad? ¡Bendito seáis, Señor! Alaben os los ángeles y todas las criaturas, que así medís las cosas con nuestra flaqueza, para que, gozando de tan soberanas mercedes, no nos espante vuestro gran poder de manera que aun no las osemos gozar, como gente flaca y miserable» (V 38, 19).

¡Oh riqueza de los pobres, y qué admirablemente sabéis sustentar las almas y, sin que vean tan grandes riquezas, poco a poco se las vais mostrando!» (V 38, 20).

Cuando yo veo una majestad tan grande disimulada en cosa tan poca como es la Hostia, es así que después acá a mí me admira sabiduría tan grande, y no sé cómo me da el Señor ánimo ni esfuerzo para llegarme a El; si El, que me ha hecho tan grandes mercedes y hace, no me le diese» (V 38, 21).

Hasta aquí hemos seguido el testimonio eucarístico de Teresa desde su conversión hasta los primeros pasos de su vida mística marcada por los encuentros con el Resucitado. Pero antes de entrar en el intenso desarrollo de su experiencia mística, a partir de 1571, vayamos a la glosa orante del Padrenuestro en Camino de Perfección. En los capítulos 33-35 de este libro encontramos en síntesis el mejor testimonio eucarístico de la Santa. Lo hace desde su experiencia de fe profunda, con un sólido sustrato evangélico, relativizando los fenómenos extraordinarios, centrándonos en lo que realmente importa: el don del Padre en Cristo por el Espíritu en este Sacramento: «Estamos ante una de las páginas más hermosas y densas del libro [Camino de Perfección]. Teresa no puede ocultar su título de “loca de la Eucaristía”. No puede escribir de ella sin evocar sus experiencias eucarísticas recientes y estremecedoras. Se siente en la necesidad de testificar expresamente su fe viva en el Sacramento, su bienaventuranza de tener en él a su Señor en persona, no menos feliz, por cierto, que si hubiera caminado y vivido a su lado por tierras de Galilea»[12]. Desde la óptica trinitaria de la Eucaristía, vamos a poner especial atención al diálogo oracional que establece la Santa con el Padre y el Hijo, el trato que da a cada una de las divinas Personas, y en la autodonación de ambos para nuestra salvación

Al ocuparse la Santa de la petición «Panem nostrum quotidianum da nobis hodie»[13], establece claramente que es una petición que hace el Hijo al Padre en su nombre y en nombre nuestro para mostrarnos el extremo de su amor ante nuestra flaqueza para cumplir la voluntad del Padre[14]: «Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un remedio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene, y en su nombre y en el de sus hermanos pidió esta petición: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, Señor”. Entendamos, hermanas, por amor de Dios, esto que pide nuestro buen Maestro, que nos va la vida en no pasar de corrida por ello...» (CV 33, 1)[15].

Pero este don que pide Cristo, de ser Él nuestro pan de cada día quedándose en la Eucaristía, «era cosa tan grave y de tanta importancia» (CV 33, 2), que  necesita el concierto de la entera Trinidad: «Pues, ¿qué padre hubiera, Señor, que habiéndonos dado a su Hijo – ¡y tal hijo! – y parándole tal, quisiera consentir se quedara entre nosotros cada día a padecer? Por cierto, ninguno, Señor, sino el vuestro; bien sabéis a quién pedís (CV 33, 3).

Según lo entiende Santa Teresa, se trata del máximo «extremo» de Cristo en su autodonación amorosa:

«He mirado yo cómo en esta petición sola duplica las palabras, porque dice primero y pide que le deis este pan cada día y torna a decir “dánoslo hoy, Señor”. Pone también delante a su Padre; es como decirle que ya una vez nos le dio para que muriese por nosotros, que ya nuestro es, que no nos le torne a quitar hasta que se acabe el mundo, que le deje servir cada día. Esto os enternezca el corazón, hijas mías, para amar a nuestro Esposo; que no hay esclavo que de buena gana diga que lo es, y que el buen Jesús parece se honra de ello» (CV 33, 4).

A Teresa esto la confunde y le parece una locura. De ahí las interpelaciones al Padre: «Mas Vos, Padre Eterno, ¿cómo lo consentís? ¿Por qué queréis cada día ver en tan ruines manos a vuestro Hijo?... ¿Cómo puede vuestra piedad cada día, cada día, verle hacer injurias? ¡Y cuántas se deben hacer a este Santísimo Sacramento!» (CV 33, 3). Ante tanta locura como es el amor extremo manifestado por Cristo al dársenos como nuestro pan de cada día, acude como último recurso a la responsabilidad paternal: « ¡Oh, Señor Eterno! ¿Cómo aceptáis tal petición? ¿Cómo lo consentís?... Es vuestro de mirar, Señor mío, ya que a vuestro Hijo no se le pone cosa delante.» (CV 33, 4) [16].

Sin embargo, a pesar del clamor y “los despropósitos” con que ha intercedido por Cristo ante el Padre, termina encontrando una explicación en la humildad del Hijo que se hace una cosa con nosotros y en el don que libremente ha hecho de su voluntad al Padre: «¡Oh, Padre Eterno, que mucho merece esta humildad!...como se hace aquí una cosa con nosotros por la parte que tiene de nuestra naturaleza, y como señor de su voluntad lo acuerda a su Padre, que, pues es suya, que nos la puede dar; y así dice “pan nuestro”. No hace diferencia de El a nosotros; mas hacémosla nosotros de El, para no nos dar cada día por Su Majestad» (CV 33, 5) [17].

Pero sobre todo, es mayor el don, el amor con que nos aman el Padre y el Hijo, y la eficacia de esta presencia de Cristo en la Eucaristía, que los ultrajes que recibe: «pues no se queda para otra cosa con nosotros sino para ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que hemos dicho se cumpla en nosotros» (CV 34, 1), y no obstante los malos tratos, profanaciones, ingratitudes y ofensas, El nunca dejará de sustentarnos, pues el Padre nos le dio como mantenimiento y maná; «que le hallamos como queremos, y si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre; que de todas cuantas maneras quisiere comer el alma, hallará en el Santísimo Sacramento sabor y consolación. No hay necesidad  ni trabajo ni persecución que no sea fácil de pasar, si comenzamos a gustar de los suyos» (CV34, 2) [18]. Además Jesús es «el preciso don» que nos ha regalado el Padre «para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces» (CV 35, 5); es la única ofrenda en la cual se complace el Padre,  y con El, por El y en El también se complace en nosotros. Por eso el mal del mundo, nuestro mal personal, y las ofensas que soporta el Hijo en la Sacramento, no son razones para pedirle al Padre que nos lo quiete, sino que, que por su Hijo, ponga «remedio a tan grandísimos males»: «No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté con nosotros, no os lo osamos pedir. ¿Qué sería de nosotros? Que si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale vuestra Majestad» (CV 35, 4).

2. Síntesis doctrinal surgida de la experiencia teresiana

Apoyados en los testimonios leídos en la biografía teológica de Teresa, especialmente en Vida y Camino de Perfección, nos pueden quedar claros los siguientes puntos:

  • Ante todo, la Eucaristía, en la experiencia teresiana, es el sacramento de la presencia real del Señor, «que nos lo dice la fe» (V 28, 8)[19]. Por lo tanto es también el Sacramento de la fe[20]. Consciente de esta realidad, afirma de sí misma: « Mas a esta Habíala el Señor dado tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro Bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndole que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, que ¿qué más le daba?» (CV 34, 6). Se trata de una presencia «desbordante, casi desconcertante. Cristo no está ahí, ni como estaba en Galilea hace más de veinte siglos, ni como está ahora glorioso en el cielo. Ni sensible y palpable, ni glorificado y revestido de majestad. En la Eucaristía está “disfrazado”. En cierto modo cosificado y sujeto a los límites y condicionamientos del símbolo sacramental»[21]. Sin embargo, quien así se disfraza es el Señor Resucitado. Así lo atestigua la experiencia de la Santa: «En algunas cosas que me dijo, entendí que después que subió a los cielos, nunca bajó a la tierra, si no es en el Sacramento, a comunicarse con nadie». Apoyados en el recurrente testimonio teresiano, podemos decir que «siempre que contempló a Cristo en la Eucaristía lo vio con las características del Resucitado; Eucaristía y Resurrección quedan íntimamente vinculadas en la espiritualidad teresiana, ya que además de percibir en la Eucaristía a Jesucristo resucitado, experimentaba que ésta era alimento que transforma nuestro ser en el de Jesucristo»[22].
  • Esta presencia eficaz de Cristo en la Eucaristía es voluntad y decisión de Jesucristo que se asocia con nosotros para pedir al Padre el don del pan eucarístico. Pero, es ante todo el Padre mismo quien nos da este pan de la Eucaristía, y en él nos da a su Hijo para que esté con nosotros hasta el fin del mundo[23]. Se trata, por lo tanto del sacramento de la autodonación de la Trinidad misma que en la Eucaristía se nos entrega como dinamismo salvador y santificador, meta y gloria de nuestra existencia, «vida de nuestra vida y  sustento que nos sustenta» (7M 2, 6). Por eso, la Eucaristía es teofánica, manifestación suma de Cristo y del amor trinitario por los hombres, pues el Padre Eterno «es tan amigo de amigos y tan señor de sus siervos, que como ve la voluntad de su buen Hijo, no le quiere estorbar obra tan excelente y adonde tan cumplidamente muestra el amor que tiene a su Padre» (CV 35, 2). Según la experiencia teresiana, en la Eucaristía toca fondo la kénosis de Jesús[24] y la kénosis trinitaria en su proceso de abajamiento[25].
  • El Padre, que consiente y concede la petición que en nombre de todos le presenta su Hijo, se compromete  y se entrega con Él. No nos niega «cosa que tan bien nos está a nosotros» (CV 35, 3). La entrega de Cristo en la encarnación, lo mismo que su vida en la tierra, y su renovada entrega en la Eucaristía «es copia y expresión de la indivisa vida trinitaria en el cielo. Y en su ser único representa también la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu. Él vive en el Espíritu Santo, al que recibe, y en la visión del Padre, con el que habla en la oración y cuya voluntad hace; y esto hasta en su eucaristía, porque ésta, más allá del Hijo entregado, apunta al Padre, que es el que entrega, y al Espíritu Santo, que es entrega. La Eucaristía alude, pues, al modo de ser de Dios, que es siempre amor en acto»[26].
  • Finalmente, la Eucaristía es el sacramento y memorial del sacrificio redentor de Cristo, permanente obra salvífica de la entera Trinidad. Es el don precioso que nos ha dado el Padre «para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces» como la única ofrenda agradable en la que el Padre se complace, y ofrecernos nosotros con Él para serle también nosotros agradables y permitirle que se complazca en nosotros haciéndonos grandes mercedes (CV 35, 3): «Una vez, acabando de comulgar, se me dio a entender cómo este sacratísimo cuerpo de Cristo le recibe su Padre dentro de nuestra alma, como yo entiendo y he visto están estas divinas Personas, y cuán agradable le es esta ofrenda de su Hijo; porque se deleita y goza con Él – digamos –  acá en la tierra; porque su Humanidad no está con nosotros en el alma sino la Divinidad; y así le es tan acepto y agradable y nos hace tan grandes mercedes» (R 57).
  • Así entendido el contenido del don de la Eucaristía es fácil aceptar con Teresa que sin la Eucaristía nos sería imposible aceptar y cumplir la voluntad del Padre, que no es otra cosa sino «ser uno con nuestra bajeza y transformarnos en sí y hacer unión del Criador con la criatura» (CV 32, 11). El camino y medida que el mismo Padre nos ofrece como único e ineludible es el del amor tal como lo mostró a su Hijo bienamado con quien nos conformamos en la comunión eucarística: «Pues, veis aquí, hijas a quien más amaba lo que dio, por donde se entiende cuál es su voluntad. Da conforme al amor que nos tiene: a los que aman más, da de estos dones más; a los que menos, menos, y conforme al ánimo que ve en cada uno y el amor que tiene a Su Majestad. A quien le amare mucho, verá que puede padecer mucho por Él; al que amare poco, poco. Tengo para mí, que la medida del poder llevar gran cruz o pequeña, es la del amor.» (CV 32, 7) [27]. Por eso, la Eucaristía es el sacramento de la máximo comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor, cuya presencia se me representó e hízome gran operación y aprovechamiento»(R 49). Por eso, «Comulgando, interiorizamos al Señor y nos interiorizamos con Él... el Señor se convierte en alimento del comulgante»[28]. También en la comunión y desde ésta comunión transformante, nos concede la gracia de participar en la obra de la salvación del mundo: «Acabando de comulgar, segundo día de cuaresma en San José de Malagón, se me representó nuestro Señor Jesucristo como suele... Díjome el Señor que no le hubiese lástima  por aquellas heridas, sino por las muchas que ahora le daban. Y yo le dije que qué podía hacer para remedio de esto, que determinada estaba a todo. Díjome que no era ahora tiempo de descansar, sino que me diese prisa a hacer estas casas, que con las almas de ellas El tenía descanso» (R9). De esta manera, la íntima comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en la Eucaristía, es también envío, misión permanente tanto más comprometida e intensa cuanto mayor es la comunión con la Trinidad que vive también en permanente misión.

3. Lecturas para profundizar

Recomendamos aprovechar este año de la Eucaristía para profundizar en este don del Padre de la mano de Santa Teresa. Los siguientes textos no agotan, pero sí amplían cuanto hemos presentado en esta reflexión:

Vida 22 y 6 M 7: Son los dos capítulos cristológicos por antonomasia. En ellos la Santa nos presenta su experiencia integral e integradora del misterio de Cristo.

Camino 33-35: No necesitan presentación. Constituyen la gran síntesis eucarística de Santa Teresa. Leerlos, no para informarnos, sino como lo hace Teresa. Orando el don del Padre en Cristo en este regalo de la Eucaristía.

Cuenta de Conciencia 12 = Relación 26: Merced de la comunión el día de Ramos

Cuenta de conciencia 25 = Relación 33: El matrimonio espiritual se realiza en la Eucaristía.

 

P. Rómulo Cuartas Londoño OCD



[1] En esta presentación utilizaremos las siguientes siglas o abreviaturas: Introducción = Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, EDE 2002. – DST = T. ÁLVAREZ (dir), Diccionario de Santa Teresa, Burgos, Monte Carmelo 2002 – ET = T. ÁVAREZ, Estudios teresianos, 3 volúmenes, Burgos, Monte Carmelo, 1995-1996 – TD = H. U. VON BALTHASAR, Teodramática, 5 volúmenes, Madrid, Encuentro 1990-1997 – Paso a paso = T. ÁLVAREZ, Paso a paso. Leyendo con Teresa su Camino de perfección, Burgos, Monte Carmelo 1998. Además, las siglas comunes para las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

[2] J. CASTELLANO, Espiritualidad teresiana, en Introducción, 225.

[3] Para más información sobre la formación eucarística teresiana: T. ÁLVAREZ, Eucaristía, en DST, 276-281.

[4] También en este aspecto de la experiencia teresiana centraremos nuestra atención en la dimensión trinitaria de la misma, contando de antemano con estudios más amplios e importantes sobre el tema, tales como: T. ÁLVAREZ, Santa Teresa y la experiencia de la Eucaristía, en ET III, 365-372; Id., Paso a paso,227-251; Id., Eucaristía, en DST, 276-281; P. PARENTE, Esperienza mistica dell’Eucaristia. Croce e pane, follia dell’amore, Roma, Città Nova, 1981; S. CASTRO, Cristología teresiana, 366-370; Id., Ser cristiano según Santa Teresa, 269-276; A. MAS ARRONDO, Teresa de Jesús en el matrimonio espiritual, 282-287; C. GARCÍA, Experiencia eucarística de Santa Teresa de Jesús, en Burgense 41 (2000) 73-86; D. DE PABLO MAROTO, Espiritualidad eucarística según Santa Teresa, en Vida sobrenatural 66 (1986) 321-336; Id., La vida eucarística de Santa Teresa en el siglo de las Reformas, Madrid, Claune, 1990; B. JIMÉNEZ DUQUE, Encuentros teresianos, 25-31; J. CASTELLANO, La espiritualidad teresiana, 155-158. Cf. también J. MOLTMANN, La concepción eucarística de la Trinidad, en  El Espíritu de la vida, 320-324.

[5] Conocimiento místico: «Un conocimiento experimental, inmediato, interno y sabroso de las realidades divinas; un conocimiento “teopático” en el que la realidad de Dios es “padecida” más que sabida: “non discens sed patines divina”, no aprendiendo sino padeciendo lo divino... es la experiencia mística misma, el conocimiento obtenido a partir de la unión vivida con Dios y de su operación en ella, esto es, como sinónimo de sabiduría secreta o contemplación infusa». S. ROS, Mística teología, en DST, 444.

[6] Al desarrollo del tercer grado de oración ó tercera agua dedica los capítulos 16-17 del libro de la Vida.

[7] Presentada en V 18-21. En nuestro texto, los puntos que queremos resaltar en las afirmaciones de la Santa los indicamos con la cursiva.

[8] En este contexto podemos anotar que la encendida defensa que hace Teresa de la Humanidad de Cristo en toda su obra, pero especialmente en el capítulo 22 del libro de la Vida y en el capítulo 7 de las sextas Moradas, es el grito clamoroso de la Santa en defensa de su experiencia del Dios trinitario. Al quitarle a Cristo y su Humanidad la ponen en contacto con una divinidad abstracta que no existe. Por eso ella siente que «es engaño» (V 22, 2); que llevaba mal camino o, mejor, que «iba sin camino» (V 22, 6), y recomienda que nos afiancemos en la experiencia y confesión de la Trinidad: «siempre que se piense en Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios [Padre] en darnos tal prenda del que nos tiene» (V 22, 14). Muy bien afirma al respecto H. U. von Balthasar, siguiendo a Adrienne von Speyr: «De ahí la importancia elemental de una contemplación trinitaria del Hijo. En el trato con él no es posible abstraer de la Trinidad en instante alguno. Cierto que ella se revela “de forma plena y central en la cruz”; cierto que el misterio trinitario es en el Hijo hecho hombre algo “no presentado y mostrado de forma sensible, sólo calladamente dicho”. Sin embargo, los creyentes reciben a través de él “no sólo un leve atisbo, sino una auténtica concepción de Dios”». H. U. VON BALTHASAR, TD 5, 117.

[9] El mismo testimonio en la primera Relación o Cuenta de conciencia, datada en Ávila en 1560,  aún en la Encarnación: «Una cosa me espanta, que estando de esta suerte, una sola palabra de las que suelo entender, o una visión, o un poco de recogimiento, que dure un Avemaría, o en llegándome a comulgar, queda el alma y el cuerpo tan quieto, tan sano y tan claro el entendimiento, con toda la fortaleza y deseos que suelo. Y tengo experiencia de esto, que son muchas veces, a lo menos cuando comulgo, ha más de medio año...» (R 1, 23).

[10] «Ahora los principales acontecimientos de su historia de salvación brotan de la Eucaristía. El primero de todos su misión de fundadora» T. ÁLVAREZ, Eucaristía, en DST, en DST, 278.

[11] De esta experiencia es testigo también San Juan de la Cruz: «Según hemos dicho, el alma, conforme a los grandes deseos que tenía de estos divinos ojos, que significan la Divinidad, recibió del Amado interiormente tal comunicación y noticia de Dios, que le hizo decir: Apártalos,  Amado. Porque tal es la miseria del natural en esta vida, que aquello que al alma le es más vida y ella con tanto deseo desea, que es la comunicación y conocimiento de su Amado, cuando se le vienen a dar, no los puede recibir sin que casi le cueste la vida, de suerte que los ojos que con tanta solicitud y ansias y por tantas vías buscaba, venga a decir cuando los recibe: Apártalos, Amado. Porque es a veces tan grande el tormento que se siente en las semejantes visitas de arrobamientos, que no hay tormento que así descoyunte los huesos y ponga en estrecho al natural, tanto que, si no proveyese Dios, se acabaría la vida» (CB 13, 3-4).

[12] T. ÁLVAREZ, Paso a paso, 234. Remitimos a este estudio para tener una mejor y más amplia comprensión de la pedagogía, experiencia y testimonio eucarístico de la Santa, ya que aquí sólo nos ocuparemos de la experiencia trinitaria de Teresa en el sacramento de la Eucaristía.

[13] «La Santa extenderá esa glosa a lo largo de los capítulos 33, 34 y 35. Como en los trípticos pictóricos, también en éste el capítulo más importante es el central, capítulo34. En él se dirá al lector cómo ha de ser la oración eucarística, cómo deberá interiorizarla y enriquecerla. Ese capítulo central quedará enmarcado por las otras dos hojas del tríptico: a modo de preludio, el capítulo 33 introducirá al lector en el misterio de la eucaristía y en su arraigo trinitario. El capítulo 35 desarrollará el sentido eclesial de la oración eucarística. Ambos capítulos, el primero y el tercero del tríptico, culminarán en sendas “exclamaciones”, oraciones de asombro dirigidas al Padre a favor del Hijo, presente en el Sacramento. Fundidos en uno solo, esos dos soliloquios de la Santa componen una maravillosa “prez eucarística”, algo así como el canon contemplativo del orante aleccionado por la autora». Ib., 227-228.

[14] Enriquecemos la reflexión de la Santa volviendo de nuevo sobre este planteamiento de von Balthasar: «Y puesto que Cristo nos regala una participación en su propia oración, cada palabra del Señor es una oración al Padre y un regalo y tarea para la Iglesia. Y como la oración de Dios hace que cada persona divina cumpla la voluntad de las otras, así el Padre hace también en la tierra la voluntad del Hijo, que le obedece en todo (Jn 11, 42). Quien ora en el espíritu de cristo, ora de forma trinitaria y es escuchado de forma infalible. Tiene poder sobre Dios, posee la lleve del cielo».  Cf. H. U. VON BALTHASAR, TD 5, 118.

[15] T. Álvarez sintetiza el pensamiento de la Santa en este punto, así: «Jesús, que está presente en toda la oración del Padrenuestro, se solidariza con nosotros de una manera especial cuando llega a la petición del pan de la Eucaristía. Fue El quien “buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene”. Lo pidió al Padre “en su nombre y en el de sus hermanos”. Fue El quien quiso expresamente que este don nos viniese de la mano del Eterno Padre”. El “bien entendió que pedía más en esto que pedía en lo demás…” (nn. 1-2)». T. ÁLVAREZ, Paso a paso, 230.

[16] «En realidad no es ella la desbordada por la onda de amor loco. Lo es mucho más el amor de Cristo al instituir la Eucaristía. Por eso “a vuestro Hijo no se le pone cosa delante... no hay obstáculo o razón que lo frene». Ib., 233.

[17] Nos parece importante resaltar dos reminiscencias bíblicas implícitas en el texto que acabamos de  transcribir: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó a sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre» (Flp 2, 5-6). Con respecto a la entrega eucarística de Cristo la Santa nos hace evocar: «El Padre me ama porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 17).

[18] «La Santa vuelve sobre el tema joanneo (Jn 6): es el Padre quien nos da el cuerpo y la sangre de Jesús, como pan que sustenta la vida de los hombres, alimento que marca la continuidad entre nuestra vida en el tiempo y en la eternidad. Don ofrecido a todos, amigos y enemigos». T. ÁLVAREZ, Paso  a  paso, 240.

[19] «Teresa tiene experiencia especial del misterio y de la real presencia del Señor en él (V 28, 8), experiencia de su sangre derramada (R 26), de la majestad del Señor resucitado y glorificado, ahora encubierto bajo el signo sacramental: “Cuando yo veo una majestad tan grande disimulada en cosa tan pequeña como es la hostia..., me admira sabiduría tan grande, y no sé cómo me da el Señor ánimo ni esfuerzo para llegarme a él...” (V 38, 21)» T. ÁLVAREZ, Eucaristía, en DST, 278.

[20] La fe es muy importante en la experiencia teresiana. Dados los límites de nuestro estudio no lo vamos a desarrollar aquí. Es bueno, sin embargo tener en cuenta que «la virtud teologal de la fe, viene comprendida por Teresa como aquella sabiduría que se apodera del hombre y le inunda de conocimientos divinos. Se aprehende principalmente en la contemplación y, a su vez, a ella conduce... El hecho básico del que parte Teresa en su reflexión consiste en la aceptación plena de la fe de la Iglesia... La fe es la auténtica verdad que puede saciar e iluminar el corazón humano... El acto de creer no es sólo aceptación de verdades intelectuales, sino compenetración, experiencia, gusto... La fe viene así entendida como una aceptación cada vez más íntima del misterio de Jesucristo para desembocar en el de la Santísima Trinidad, donde se consuma. La fe, pues, es un caminar en el abismo; primero en el de Cristo, luego en el de Dios y finalmente en el de cada una de las Personas: La fe tiene por objeto a Cristo, en el cual quedan implicadas la Iglesia y la Santísima Trinidad... Avivar la fe equivale a una compenetración vital y total con Cristo y con la Trinidad...Para Santa Teresa, es un encuentro personal con Jesucristo y con la Trinidad». S. CASTRO, Ser cristiano según Santa Teresa, 197-214. Se puede ampliar en la obra del mismo autor, Cristología teresiana, 156-173.

[21] T. ÁLVAREZ, Paso a paso, 241. Y la Santa, en su afán pedagógico, agrega: «Debajo de aquel pan está tratable; porque si el rey se disfraza, no parece se nos daría nada de conversar sin tantos miramientos y respetos con Él; parece está obligado a sufrirlo, pues se disfrazó. ¿Quién osara llegar con tanta tibieza, tan indignamente, con tantas imperfecciones? ¡Oh, cómo no sabemos lo que pedimos, y cómo lo miró mejor su sabiduría! Porque a los que se han de aprovechar de su presencia, El se les descubre». (CV 34, 9-10).

[22] S. CASTRO, Cristología teresiana, 367. En proyección escatológica,  podemos afirmar también con H. U. von Balthasar que ciertamente esta transformación va más allá de la persona misma y del tiempo presente: Por medio del Resucitado «viven los redimidos de cara al cielo abierto, porque Dios ha creado el cielo en la nueva tierra o en el cielo la nueva tierra. El Hijo resucitado es tierra en el cielo, su eucaristía es cielo en la tierra». TD 5, 115.

[23] En su desarrollo o glosa oracional del Padrenuestro en la petición del pan «ante todo, Teresa propone el tema “joanneo”de que la Eucaristía es el don del Padre, su don por excelencia, que ya no consiste en el maná del desierto, sino en el don de su propio Hijo. Es ese don-persona lo que pedimos al Padre al decirle que nos dé “el pan de cada día”. Se lo pedimos para el “hoy” pasajero de la vida presente, y para el inmarcesible “cada día de la eternidad” (CV 34, 1-2)». T. ÁLVAREZ, Eucaristía, en DST, 280-281.

[24] Cf. T. ÁLVAREZ, Comunión eucarística, en DST, 157.

[25] Sobre esta afirmación recordemos que «La posibilidad y la condición para el sufrimiento de Dios junto con la creación reside en su vida intratrinitaria (inmanente): en cuanto el ser de Dios es amor, que es real  en el don recíproco y total de las personas divinas, Dios puede entregarse también (¡en libertad!) totalmente a la criatura... en cuanto Dios es en sí mismo amor que se entrega, “el desposeimiento de Dios en la encarnación y muerte de Jesús tiene su posibilidad óntica en el eterno desposeimiento de su entrega tri-personal... El Dios viviente trinitario “aún mayor” puede exponerse en la kénosis del Hijo a los abismos del sufrimiento hasta siendo alcanzado personalmente, y, al mismo tiempo, realizar el dolor de la “separación” económica de Padre e Hijo en el Espíritu como expresión de su vida y transformarlo en su vida en el acto insuperable de su amor de eterna entrega trinitaria». G. GRESHAKE, El Dios uno y trino, 414-415 (especialmente la nota 1053).

[26] H. U. VON BALTHASAR, TD 5, 116.

[27] Más tarde, después de la merced del matrimonio espiritual, en 1572,  la Santa afirmará como recibido del Señor este mismo convencimiento: «Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te le puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para Mí. Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores. Este es el camino de la verdad» (R 36, 1).

[28] T. ÁLVAREZ, Eucaristía, en DST, 281.

 

Tomado de: http://www.citesavila.org/web/es/calendario.asp

 

 

Viernes, 25 de Febrero de 2011 21:10

De la dispersión al recogimiento

Santa Teresa es una profunda admiradora del hombre. Se abisma y asombra ante su gran capacidad, su belleza interior y su inmenso potencial. Cree con sinceridad que en el hombre están todas las capacidades necesarias para llevar una vida libre y feliz, y para disfrutarla en libertad, verdad y amor. Está, igualmente, convencida, desde su experiencia, de que el camino por donde el hombre puede encontrase con su propia grandeza y desarrollar todo su potencial es la oración. Por eso dedica toda su capacidad persuasiva, narrativa, testimonial y pedagógica a enseñarnos cómo «no carecer de tan gran bien», a superar los temores y las dificultades. Para ello pone a nuestro alcance medios sencillos y prácticos que nos abren el camino, como el esfuerzo que se hace para llevar una barca al mar, pues sabe que una vez en sus aguas nada nos hará tornar atrás.

 

1. El hombre de hoy es capaz y tiene necesidad de orar

Quizá sea esta la ocasión para desempolvar la ya vieja afirmación del teólogo jesuita alemán, Karl Rahner que en 1982 decía: el cristiano del futuro será un místico o no será cristiano. Lo decía haciendo referencia a la marcada tendencia a la secularización, racionalismo e increencia, ya muy presente y manifiesta por aquellas fechas. Constataba que en tal contexto «las expresiones de la fe y de la mística se ven obligados a callar». Estas afirmaciones novedosas y, en cierta manera desconcertantes hace veinte años, exigían una explicación. Por eso, el mismo teólogo explica que entiende la «mística» no como un fenómeno parapsicológico sino una «auténtica experiencia existencial de Dios», por cuanto la fe no proviene de una indoctrinación exterior ni es fruto de argumentaciones, sino que nace de una experiencia de Dios, de su Espíritu, experiencia que surge en el interior del hombre, y que es difícil ser objetivada verbalmente. Se trata de una verdadera posesión interior del Espíritu (1).

A este pronunciamiento, que podríamos llamar profético de una teólogo clarividente, cabría añadir esta otra no menos cuestionante expresión de otro prohombre de nuestro siglo, Don Miguel de Unamuno. En 1922 escribía, refiriéndose a Santa Teresa: «Volvemos a repetir que el culto a Santa Teresa no ha logrado hacerse popular. El pueblo, ni lo entiende ni siente a aquella mujer que fue al claustro buscando libertad. El pueblo no entiende de misticismo. La mística no tiene nada de popular. De Santa Teresa hablan y escriben literatos y teólogos y médicos, pero al pueblo no le dice nada. Ni le lee porque no le entendería.

Acaso en su tiempo, en tiempo de la Santa, en el siglo XVI, hubiese en España entre el pueblo, y entre el pueblo de los campos tal vez, quienes sintieran algo como lo que Teresa de Jesús sentía, ¿pero hoy? Hoy eso resulta a los más literatura»(2). Entendemos que Unamuno, pensador profundo, humanista, gran admirador y amigo de nuestros místicos, no está despreciando a Santa Teresa ni desconoce la capacidad de toda persona para la experiencia mística. Simplemente está constatando una ausencia, la misma que sentía cuando al pasar por los campos de Fontiveros se decía «¿Y cómo pudo ser que hubiera nacido aquí, siglos hace, San Juan de la Cruz? Y vine a concluir, para consolarme, que el espíritu no está muerto, sino dormido. De cuando en cuando se queja en sueños»(3).Así, sugiere lo mismo que Rahner: despertar el espíritu humano «sólo es posible a partir de una profunda experiencia individual de Dios y de su Espíritu»(4).

A nuestro parecer, aunque han desaparecido algunas de las formas tradicionales en que se expresaba la experiencia orante de muchos de nosotros y de la sociedad en general, el hombre moderno no ha perdido ni su capacidad de Dios ni su capacidad orante. Nos basamos en dos convicciones profundas: No por vivir en esta época el hombre ha dejado de ser imagen y semejanza de Dios(5), ni por haber cambiado de formas hemos perdido nuestra capacidad de encuentro y diálogo con Él. Al contrario, tenemos razones para pensar que hoy la relación con Dios tiene rasgos de una gran madurez y se desarrolla más en la línea de la amistad, como lo experimentó Santa Teresa, y lo propone al hombre de todos los tiempos. Santa Teresa llega al descubrimiento de Cristo como amigo impulsada por su capacidad natural para la amistad, su decidido amor por la verdad y su búsqueda incansable de la libertad.

El hombre de hoy también busca y es amante de la amistad, de la verdad y de la libertad. Los padres de familia se esfuerzan, y muchos consiguen ser los amigos de sus hijos. Lo mismo quieren hacer los profesores con sus alumnos. Los comerciantes buscan ser amigos de sus clientes. Los médicos y todos los que se mueven en el mundo de la sanidad quieren serlo de sus pacientes. Y muchas empresas buscan relaciones de amistad entre directivos y empleados. Creen que la excelencia es fruto de una formación adecuada, del acierto en la dirección y del clima amistoso en que se desarrolle la actividad empresarial.

Aunque en muchas de estas áreas la amistad no sea perfecta, y en algunos casos esté cargada con manifestaciones más o menos grandes de egoísmo, esta búsqueda demuestra una tendencia, una capacidad y una necesidad. Igualmente, aunque muchas veces no lo manifestemos, y, a lo mejor, en muchos casos, sin ser conscientes de ello, todos llevamos, o al menos buscamos una relación amistosa con Dios. En este sentido compartimos el planteamiento de J. Moltmann, teólogo protestante, contemporáneo nuestro y admirador de Santa Teresa: «Amistad es la forma de vida de los hombres libres, pues la amistad une simpatía con respeto. Ante un amigo no necesita uno inclinarse, se le puede mirar a los ojos. A un amigo no hay que estarle agradeciendo siempre, nos ayuda por amistad. En la amistad los hombres están unos con los otros, y, por eso, también para los otros, pero mantienen siempre el respeto ante la libertad de los otros. En la amistad divina hablan los hombres con Dios y están seguros: «Dios es tratable». Simpatía y respeto impregnan su oración.

Sería servil el orar sin la certeza de ser escuchado, mendigar y derrochar palabras. Esto sería respeto sin simpatía. Sería infantil el querer alcanzar, por el mucho pedir, la escucha y el cumplimiento de lo pedido. Sería simpatía sin respeto. El amigo pide con simpatía y respeta, al mismo tiempo, la libertad de Dios para hacer aquello que estime conveniente. El amigo toma parte, por la oración, en el amor y el dolor de Dios en el mundo. Experimentar la amistad de Dios en la oración es una cosa maravillosa porque llena a los hombres de una certeza trascendental y pacífica. Ejercitar la amistad de Dios en la oración es un don responsable, porque introduce a los hombres en la responsabilidad

divina frente al mundo. Ambas cosas se pueden aprender de Teresa. No hay forma más sublime de libertad humana que esta amistad de Dios»(6).  Esta tendencia natural a la amistad y el sentido de trascendencia que buye en nuestro interior nos lleva a afirmar que el hombre de hoy ora mucho más de lo que él mismo cree y reconoce; que busca de muchas maneras la comunicación y la amistad con Dios, y que quiere encontrar medios que le ayuden en este empeño sin hipotecar su libertad. Es una necesidad que podemos constatar de muchas maneras especialmente cuando pasamos del trato formal y funcional al trato personal.

Para dar un fundamento real a esta afirmación y a cuanto vamos a tratar en las reflexiones de esta semana hubiera sido muy conveniente hacer un estudio amplio apoyados en los múltiples medios que nos ofrecen la técnica y las ciencias sociales. Pero por no ser ése el objeto principal de nuestra reflexión, hemos hecho un pequeñísimo sondeo acudiendo a internet. Sólo en un buscador, al pedir páginas que contuvieran la palabra mística aparecieron 43.527. Y al pedir páginas sobre oración el resultado fue mucho mayor: 109.368. Entramos en una que propone un método para hacer todos los días entre cinco y quince minutos de oración, y nos encontramos con que ya llegan a 3.758.313 visitantes en tres años de existencia, lo que nos da un promedio de 1.251.771 visitantes por año; 104.398 por mes, y 3.480 visitantes por día7. Bien sabemos que estos datos, son totalmente relativos. Pero indican una tendencia y demuestran una necesidad.

Veamos algunos de los últimos comentarios expresados en la página consultada:

«Gracias por esta posibilidad de acercarme a Dios desde el mundo loco como el de mi escritorio y mi oficina. Soy autónoma. Cada día vuestra pagina me acompaña junto a la foto de mi esposo y mis hijos»

«Me encontré con esta página que me ha absorbido por unos minutos a pesar del cansancio físico. He sentido la presencia cercana de Dios, en mi soledad matrimonial, ya que mi esposa falleció hace aproximadamente ocho meses, y los días sábado siempre tengo un vacío grande. Busco llenarlo leyendo o escribiendo. Ahora lo hago orando desde esta pagina. Cada día siento que Dios está muy cerca aunque muchas veces no lo vemos».

«Buscando un momento de paz en el aeropuerto conecté con esta página y con ella me he encontrado a mí mismo y se me ha abierto el verdadero significado de la oración con meditación. Después de rezar de forma tradicional en la capilla del aeropuerto, me levanté con una sensación que algo más faltaba en mi interior, el mensaje no estaba completo y lo que yo había ido a buscar tampoco, necesitaba unos caminos o luces para encontrarlo. . .lo que sí sé es que mi alma estaba sedienta de algo más. Me llamó la atención la invitación a orar en la red me pareció interesante poder hacerlo en compañía de tantos navegantes, y a la vez hacerlo sólo y a mi propio ritmo y conciencia. He reafirmado mi fe; es un sitio donde me siento cómodo y recargo mis baterías agotadas por el mar y sus olas en el navegar de la vida diaria.»

No obstante cuanto hemos afirmado sobre la capacidad y creciente necesidad de orar y de encuentro con Dios, muchas veces no acertamos con los métodos adecuados, con el tiempo necesario ni con el ambiente propicio.


1 K. RAHNER, Ser cristiano en la Iglesia del futuro, en Selecciones de Teología 84 (1982) 283-285.

2 LAUREANO ROBLES, El corazón de Santa Teresa (Un texto censurado de Unamuno), en Revista cultural de

Ávila, Segovia y Salamanca 33 (abril 2002) 11-12.

3 M. DE UNAMUNO, Contra los bárbaros, en Obras Completas, Escelicer, Madrid 1966, t. IV, 515.

4 K. RAHNER, Ibid., 285.

5 Cf. El interesante planteamiento teresiano en 1M 1.

6 J, MOLTMANN, Mística de Cristo en Teresa de Ávila y Martín Lutero, en Revista de Espiritualidad 42 (1983) 477-478.

 

Del libro: La meditación teresiana,
CITeS, Avila 2002

 

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